14 de marzo, diario de viaje
Patrimonio vivo entre azulejos y cocina conventual
El centro de Puebla se recorre mirando hacia arriba. Las fachadas de cantera gris se interrumpen con paños de azulejo, y esos cuadros de azul y ocre no son decoración suelta: son la huella de un oficio que sigue trabajándose a pocas calles de aquí. En los talleres que conservan la técnica certificada, cada pieza pasa por dos cocciones, la segunda más lenta, y el esmalte se prepara con óxidos que definen la paleta. Ver el proceso completo toma una mañana y explica por qué una vajilla talavera no se parece a una loza impresa.
La cocina se cuenta por barrios. El mole poblano no es un platillo único sino un mapa: recetas de familia que cambian según la fonda, el mercado y la temporada. Caminar dos días entre talleres, cocinas y mercados alcanza para entender que este patrimonio no vive en vitrinas, sino en la rutina de quien amasa, cuece y sirve.